Cuando se creó la Comunidad Europea los países miembros ya habían llegado a un grado avanzado de integración económica, en un proceso que comenzó con el carbón y el acero, continuó con el libre comercio y siguió con el mercado común. Su éxito se debió a que no surgió como un simple organismo político más, sino como culminación de realidades económicas ya existentes.
Para la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, cuya constitución fue decidida en la cumbre de presidentes celebrada en México, las realidades económicas actuales no son favorables.
En el continente americano el poder económico dominante son los Estados Unidos, situación que no va a desaparecer porque se cree una nueva organización que los excluya.
Tomemos el caso de México, sede de la cumbre. El 80% de sus exportaciones van a los EE.UU., país de destino de millones de mexicanos emigrantes sin cuyas remesas la economía de México colapsaría.
Enormes diferencias económicas, políticas, jurídicas y culturales separan a los países latinoamericanos. Sus bosques, petróleo, minerales y demás recursos han sido y siguen siendo malgastados en beneficio de minorías privilegiadas, el populismo político y la corrupción. No hay una coordinación efectiva de políticas ni armonización de objetivos.
La justamente criticada actuación de la OEA es un reflejo de esa realidad.
La nueva Comunidad no sustituirá a la OEA y difícilmente hará que Caricom desaparezca. Probablemente tendrá una secretaría rotativa, una estructura administrativa, un órgano de prensa, comisiones permanentes, departamentos técnicos, una división para preparar reuniones, áreas de investigación, una sección de documentación, enlaces con otras organizaciones y una sede con facilidades físicas adecuadas, creando buenas oportunidades de empleo para quienes cuenten con las "conexiones" requeridas para ser designados.
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