Después de un año en que sus pronunciamientos versaron mayormente sobre los conflictos en Oriente Medio y en torno a la reforma del seguro médico, centró su discurso en la creación de puestos de trabajo, mediante una nueva ley de empleo, en vista del descontento que existe por la persistencia de un 10% de desempleados.
Obama se refirió además a la reforma del sector financiero, insistiendo sobre el impuesto especial sobre los activos de los grandes bancos y compañías de seguro. Dijo favorecer la innovación, mencionando una nueva generación de plantas de energía nuclear, perforación petrolera en la plataforma submarina, biocombustibles y uso del carbón sin contaminación.
Enfatizó la búsqueda de nuevos mercados externos, a fin de duplicar las exportaciones en cinco años. Quiere invertir más en educación y entrenamiento y facilitar el refinanciamiento de las hipotecas sobre viviendas.
Criticó a los proveedores del seguro de salud e insistió sobre la aprobación de la reforma, pero no fue específico al respecto.
Propuso congelar el gasto público por tres años a partir del 2011, exceptuando los relacionados con la seguridad nacional, salud y seguridad social, lo que puede agradar a los republicanos pero no a su propio partido.
Las próximas elecciones en noviembre, en las que una parte de los escaños del Congreso estarán en juego, tienen a los demócratas muy inquietos, temerosos de que se repita lo mismo que sucedió en Massachusetts.
Como buen político, Obama tocó todos los asuntos que tienen más resonancia con el electorado y se presentó como intérprete de lo que los estadounidenses sienten y desean. Su tarea ahora será demostrar que puede pasar de las palabras a los hechos.
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